Érase una vez...


Las Ninfas del salon

Un pueblo de ardiente verano y sosegado paisanaje orgulloso de su plaza principal a la que cariñosamente llama el Salón, plaza barroca, con simétricas balconadas, y soportales protectores del infernal sol del estío; siempre escenario de los momentos álgidos de la historia, además de la Semana Santa y la Feria hasta hace 100 años.


Erase una vez una fuente que adornaba el corazón de sus habitantes, fuente sencilla, con no muchas pretensiones, pero nuestra "Fuente de Las Ninfas", fuente de sonora y refrescante melodía que nuestros sueños acunaba, varias generaciones de ecijanos crecieron a su sombra, de pequeños jugando en uno de los pocos espacios amplios en donde el intricado dédalo de callejuelas umbrías explotaba en un maravilloso cuadro de luminosidad, de mayores viendo la vida pasar sentados en sus bancos de clásico diseño junto a los arriates coronados de danzarinas palmeras, sombreados por lujuriosos naranjos; con el gorgoteo impetuoso del agua fluyendo por la fuente, caricia sentida del alma, música de sus días.


Los políticos, no sabiendo en que gastar tanto dinero y tras construir un aparcamiento subterráneo, convirtieron la plaza en un rico erial de refulgente mármol blanco, con modernas fuentes a ras del suelo donde, caprichosos, los pequeños se zambullían involuntariamente y que fue necesario sellar, ¿árboles ? quién necesita árboles, nos bastan y sobra con 20 palmeras apelotonadas, como si de un oasis se tratase, justo delante de una fachada del siglo XV.

Las ninfas del salon



Con el tiempo, ya no hay fuentes, se han plantado árboles, pero todo sin alma ni gusto, eso sí, siempre con mucho dinero.

"...Cuando iba el Cojuelo refiendo esto, llegaron a la Plaza Mayor de Écija, que es la más insigne de Andalucía, y junto a una fuente que tiene en medio de jaspe, con cuatro ninfas gigantas de alabastro derramando lanzas de cristal, estaban unos ciegos sobre un banco, de pies, y mucha gente de capa parda de auditorio, cantando la relación muy verdadera que trataba de cómo una maldita dueña se había hecho preñada del diablo, y que por permisión de Dios había parido una manada de lechones..."

El Diablo Cojuelo, de Luis Velez de Guevara (Écija, 1579-1644).




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